Injusticia epistémica II: la injusticia hermenéutica

En la entrada anterior exploramos el concepto general de injusticia epistémica, y nos centramos en un caso particular, la injusticia testimonial. En esta entrada vamos a abordar la otra forma en la que puede presentarse la injusticia epistémica según el planteamiento original de Fricker, la conocida como “injusticia hermenéutica”. Como vimos, la injusticia epistémica es un agravio contra una persona como agente de conocimiento. En la injusticia testimonial, la persona agraviada es desacreditada o su testimonio no goza del nivel de credibilidad que merece debido a prejuicios identitarios contra su posición social. En el caso de la injusticia hermenéutica, como veremos, también hay un daño a las personas como agentes de conocimiento, pero con diferencias clave. La injusticia hermenéutica sucede cuando una persona no puede hacer inteligible una parte importante de sus experiencias debido a la existencia de “vacíos” o “lagunas” en el imaginario colectivo. Es decir, las personas que sufren este tipo de injusticia epistémica se ven incapaces de entender qué les está pasando porque no existe una palabra, concepto o idea en el repertorio de recursos que tiene su sociedad para dar cuenta de esa experiencia. Para entender mejor esto, vayamos a uno de los ejemplos de los que se sirve la propia Fricker para arrojar luz sobre el fenómeno: A finales de la década de 1960, Carmita Wood trabajaba como auxiliar administrativa en la Universidad de Cornell (Nueva York), donde sufría un hostigamiento constante por parte de un reconocido científico que incluía contacto físico no deseado y comentarios lascivos. Esta situación llevó a nuestra protagonista a desarrollar síntomas físicos y psicológicos perjudiciales derivados del malestar emocional y el estrés, los que le llevaron a dejar su empleo. Sin embargo, cuando intentó solicitar el subsidio por desempleo, se vio incapaz de expresar y articular con claridad la razón que la hizo dimitir, por lo que no pudo percibir dicha ayuda.
Como vemos, el ejemplo muestra claramente el carácter sistemático de la injusticia epistémica que comentamos en la entrada anterior: la injusticia en el orden del conocimiento viene acompañada de injusticias en otros ámbitos, en este caso, el económico, el profesional, y el de la salud. Sin embargo, y a diferencia de la injusticia testimonial, en este caso no hay una persona “culpable” que comete la injusticia a título individual. Podrías pensar que el científico que la acosaba sexualmente, Boyce McDaniel, es el culpable. Sin embargo, si comparamos el ejemplo con el de la injusticia testimonial se entiende mejor el asunto: en un caso, una persona desacredita a otra, es decir, menoscaba su agencia epistémica directamente, mientras que en el ejemplo de la injusticia hermenéutica no hay alguien que “ataca” la autoridad epistémica de Carmita Wood. McDaniel es culpable de cometer acoso sexual, pero no de cometer injusticia epistémica (aunque claramente juega un papel fundamental). En este caso, la culpa está distribuida de alguna manera en el hecho de que en la década de los 60 no existía el concepto o la idea de “acoso sexual”, o mejor dicho, sí existía, pero no formaba parte de los recursos disponibles a nivel social. Las feministas de los 60 sabían lo que era el acoso sexual: lo habían experimentado en sus propias vidas y habían hablado y teorizado sobre ello. Sin embargo, estas aportaciones no habían sido tomadas en cuenta a nivel institucional, es decir, no existía el concepto a nivel legal y formal, como sí que existe actualmente en la mayoría de las sociedades democráticas. De hecho, fue gracias a un grupo de feministas de la propia Universidad de Cornell que nuestra protagonista pudo “superar” ese estado de incomprensión y comenzar a saber qué le pasaba. Este grupo de mujeres se reunía para compartir sus testimonios sobre sus experiencias, y se dieron cuenta de que se trataba de un fenómeno sistemático que las afectaba de forma estructural, no casos aislados o puntuales. El hecho de que existiera el concepto, pero no estuviera formalmente reconocido nos habla del otro aspecto identificativo de la injusticia epistémica: la relación con el poder. Como vimos en el caso de la injusticia testimonial, las personas que pertenecen a posiciones o identidades sociales tradicionalmente oprimidas son las que sufren este tipo de injusticia de forma más patente, puesto que las injusticias epistémicas en último término funcionan como un “dispositivo” (en términos de Michel Foucault”) regulador del poder: a través de las injusticias epistémicas también se perpetúa el status quo, de forma que se mantiene y reproduce la opresión contra estas identidades y posiciones sociales tradicionalmente oprimidas. En términos más cercanos: si en una sociedad los hombres tienen privilegios, y esos privilegios dependen de que las mujeres estén oprimidas y no puedan disfrutar de ellos en igualdad, existirán mecanismos encargados de hacer que las cosas sigan de esa manera, y la injusticia epistémica sería uno de estos mecanismos. El ejemplo también revela una dimensión crucial que conecta ambos tipos de injusticia epistémica. Si se mantiene la injusticia testimonial contra las mujeres, sus testimonios sobre el acoso sexual no tendrán el impacto que merecen en la sociedad, y por tanto no llegaran a alcanzar los niveles institucionales, legales y formales que permitirían evitar las injusticias hermenéuticas. A su vez, si no existen estos recursos, las mujeres no podrán entender qué les pasa, lo que afecta irremediablemente a su capacidad para dar testimonio acerca de sus experiencias, facilitando la injusticia testimonial. Se trata de un bucle vicioso que reproduce las relaciones injustas de poder y obstaculiza la posibilidad de cambio. Sin embargo, la injusticia hermenéutica no solo sucede por la ausencia de recursos disponibles. También puede suceder por la existencia de recursos perniciosos. El caso que comenta Fricker para ilustrar esta faceta proviene de la novela A Boy’s Own Story, de Edmund White, en la que se cuenta el paso a la edad adulta del protagonista en la década de los 50 en Estados Unidos. En este caso, el protagonista es plenamente consciente de sus deseos afectivos y sexuales hacia personas del mismo sexo, pero los recursos disponibles para entender su propia experiencia están cargados de patologización y represión moral: la homosexualidad es vista como “una fase pasajera de la juventud”, una debilidad moral (pecado, defecto del carácter) e incluso una enfermedad mental o un trastorno psíquico que debía ser curado. Por todo ello, el protagonista se niega a considerarse a sí mismo como homosexual, situándose en una situación dolorosa y confusa en la que intenta hacer cuadrar sus sentimientos y experiencias con un imaginario colectivo que le culpa y le hace sentir equivocado y moralmente reprobable, lo que le impide tener una autoestima saludable y comprender su propia identidad, lo que a su vez dificulta la comunicación con los demás y sabotea la comprensión que tiene de sí mismo.
Por terminar con una nota positiva, me gustaría recalcar que la existencia de la injusticia epistémica como uno de los mecanismos a través de los cuales se reproduce el estatus quo no es algo inevitable o insuperable. Precisamente, los ejemplos analizados muestran cómo se pueden subvertir estas dinámicas nocivas. Como he comentado, el concepto de acoso sexual ya aparece en los códigos legales de la mayoría de las sociedades democráticas, y la identidad homosexual se ha ido desprendiendo poco a poco y no sin poco esfuerzo de las connotaciones y atribuciones simbólicas negativas. Sin embargo, como también comenté en la entrada anterior, el conocimiento de estos conceptos debe ponernos alerta ante las dinámicas que buscan revertir este proceso de mejora, especialmente en la actualidad, en la que atendemos a un resurgimiento de tendencias políticas reaccionarias contra este tipo de movimientos liberadores.

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