¿Se puede acusar de sesgo a alguien si nadie es neutral? La paradoja de Antony
Imagina una conversación que probablemente has tenido alguna vez, aunque no exactamente con estas palabras. Alguien te dice: "la ciencia ha estado sesgada hacia los hombres durante siglos". Y tú piensas en el síndrome de Yentl, en los ensayos clínicos donde el cuerpo masculino era la norma, en todo lo que vimos hace unos meses en este blog. Hasta aquí, de acuerdo.
Pero la misma persona también te
dice: "no existe tal cosa como un punto de vista neutral; todo
conocimiento está situado, viene de algún lugar". Y aquí, si prestas
atención, algo empieza a no encajar. Por un lado, se critica la influencia de ciertos
valores en la práctica científica —el androcentrismo, por ejemplo—. Por otro,
se acepta que la influencia de los valores en el conocimiento es,
sencillamente, inevitable. ¿No son estas dos cosas incompatibles? Si todo está
sesgado, ¿con qué vara mides eso que llamas "sesgo"?
Esta tensión tiene nombre propio
en filosofía: la paradoja del sesgo, formulada por la filósofa Louise Antony.
Dicho sin rodeos: si no creemos que sea bueno ser imparcial —si rechazamos la
idea misma de neutralidad—, ¿con qué autoridad podemos objetar que la ciencia ha sido parcial?
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| Louise Antony |
Conviene aclarar algo importante
antes de seguir: esto no es un problema "de un bando". Cualquier
postura que rechace la objetividad entendida como imparcialidad absoluta, y que
aun así quiera defender que unas perspectivas son mejores que otras, choca con
la misma pared. No es exclusivo del feminismo, sino un problema genuino de
cualquier epistemología que tome en serio que todo conocimiento viene de algún
sitio.
Sandra Harding, a quien ya
he mencionado en entradas anteriores, fue de las primeras en intentar resolver esta
paradoja. Para ello, propuso distinguir entre dos formas muy distintas de
entender la objetividad científica.
La primera, heredada de la
tradición moderna, podemos llamarla objetividad débil. Es la idea de que la
ciencia, para ser fiable, debe estar completamente libre de valores: ningún
interés, ninguna posición social, ninguna creencia previa debería filtrarse en
la investigación. Es la misma fantasía que Donna Haraway, como vimos en la
primera entrada de este blog, llamaba el "truco de Dios": conocer
desde ninguna parte, sin cuerpo, sin historia, sin posición. El problema, como
ya intuye la paradoja de Antony, es que esa fantasía no se sostiene: nadie
investiga de verdad desde ningún sitio, y pretender que sí solo sirve para
esconder los valores que efectivamente están operando, que, históricamente, han
sido los del grupo dominante, disfrazados de neutralidad.
Frente a esto, Harding propone la
objetividad fuerte. Su punto de partida es el contrario: acepta sin rodeos que
los valores siempre están presentes en la práctica científica, y convierte esa
aceptación en herramienta en lugar de algo que esconder. Si los valores
van a estar ahí de todas formas, la pregunta relevante deja de ser "¿cómo
eliminamos los valores?" y pasa a ser "¿qué valores producen mejor
conocimiento, y cuáles peor?".
Esto no significa representar
todos los valores por igual, como si la solución fuera incluir cualquier
perspectiva con el mismo peso. Piensa, por ejemplo, en investigar los efectos
del tabaco en la salud: ¿daríamos el mismo peso a un estudio financiado por la
industria tabacalera que a uno independiente, solo porque "hay que
representar todos los puntos de vista"? Nadie defendería esto en serio.
Hay intereses que distorsionan sistemáticamente la investigación, y reconocerlo
no es parcialidad ilegítima, es elemental honestidad metodológica. Del mismo
modo, sostiene Harding, hay valores —el androcentrismo, el racismo, el
clasismo— que han producido sistemáticamente peor ciencia: más estrecha, más
distorsionada, más incapaz de hacerse las preguntas correctas.
Pero la parte más interesante de
la propuesta de Harding no es esta —identificar qué valores conviene
descartar—, sino la contraria: mostrar que ciertos valores, los que ella asocia
con la igualdad, no solo son moralmente preferibles, sino que producen un
conocimiento efectivamente mejor: más completo, más preciso, más capaz de
captar aquello que la perspectiva dominante, precisamente por darse a sí misma
por neutral, ni siquiera llegaba a plantearse buscar.
Un caso de la historia de la
antropología ilustra esto con bastante precisión. En 1968 se publicó El
hombre cazador (Man the Hunter), un volumen que se convirtió durante
años en el modelo dominante para explicar la evolución humana: según esta
teoría, prácticamente todo lo que nos hace humanos —el bipedismo, el uso de
herramientas, el tamaño del cerebro, incluso la cooperación social— se
explicaba a partir de la caza, una actividad que se asumía masculina. Durante
años, nadie cuestionó en serio este modelo, en parte porque la caza, al estar
codificada como actividad de hombres, encajaba sin fricción con una idea nunca
examinada: que la historia evolutiva relevante era, sencillamente, la historia
de lo que hacían los hombres.
La pregunta que cambió las cosas
la hizo, entre otras, la antropóloga Sally Slocum, en un artículo de 1975 cuyo
título ya deja clara la intención: La mujer recolectora (Woman the
Gatherer). Slocum se preguntó, sin más, qué habían estado haciendo las
mujeres durante todo ese tiempo que la teoría dominante dedicaba por entero a
los hombres. No era una pregunta ingenua ni meramente reivindicativa.
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| Sally Slocum |
Al investigar en serio la
actividad recolectora, tanto en sociedades de cazadores-recolectores
contemporáneas como en la reconstrucción del pasado, la respuesta fue clara: la
recolección, no la caza, aportaba la mayor parte de las calorías necesarias para
la supervivencia del grupo. La caza, además de protagonizada por hombres,
resultaba ser una fuente de alimento mucho más esporádica e insegura de lo que
el modelo asumía. El resultado no fue simplemente "incluir también a las
mujeres" en la narrativa por una cuestión de justicia representativa. Fue
corregir un error: la teoría dominante, al no preguntarse por la experiencia de
la mitad de la especie, había construido una descripción incompleta y, en
varios aspectos, equivocada de cómo sobrevivían realmente los primeros grupos
humanos.
Esto es exactamente lo que
promete la objetividad fuerte. No es que incorporar la experiencia de las
mujeres sea simplemente "lo justo" o "lo inclusivo" —que
también lo es—, sino que esa experiencia, al no haber sido tenida en cuenta,
dejaba un hueco real en el conocimiento: un hueco que solo se podía rellenar
preguntando justamente lo que la perspectiva dominante, por estar tan segura de
su propia neutralidad, ni siquiera llegaba a formular como pregunta.
Harding llama a este ejercicio
reflexividad fuerte: no basta con elegir mejores valores en abstracto, hace
falta además hacer explícita la posición social desde la que se investiga y
reconocer cómo esa posición ha condicionado tanto las preguntas que parecían
obvias como las que ni siquiera llegaban a plantearse. En el caso de El
hombre cazador, esa posición —la de quienes daban por sentado que la
historia humana relevante era la masculina— ni siquiera se percibía a sí misma
como una posición: se experimentaba, simplemente, como el punto de vista
normal, el único que había.
Volvamos entonces a la pregunta
del principio: ¿con qué autoridad se puede acusar de sesgo a alguien si nadie
ocupa un lugar neutral? A estas alturas, la respuesta de Harding debería
resultar bastante clara: no hace falta ocupar un lugar neutral para hacer esa
acusación. Solo hace falta mostrar, con casos como el de la recolección o el de
la financiación tabacalera, que unos valores producen sistemáticamente un
conocimiento más completo y más fiable que otros. Decir que la ciencia
androcéntrica estuvo sesgada no exige fingir que hablamos desde ningún sitio.
Exige, simplemente, mostrar que hablar desde otro sitio —desde la pregunta por
lo que hacían las mujeres, por ejemplo— permite ver cosas que de otra forma se
nos escapaban.


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