¿Quién decide qué cuenta como conocimiento? Sobre género, ciencia y la importancia de la diversidad en la producción del saber

Desde hace poco, las universidades públicas españolas están obligadas a garantizar que los tribunales que evalúan trabajos de fin de grado, máster o tesis doctorales tengan una composición equilibrada entre hombres y mujeres. Lo mismo ocurre con las comisiones que deciden qué proyectos de investigación reciben financiación.

A primera vista, esto puede parecer una medida puramente formal. Al fin y al cabo, ¿no debería dar igual quién forme parte de un tribunal si las decisiones se toman de manera objetiva? ¿No podría un tribunal compuesto solo por hombres evaluar igual que uno compuesto solo por mujeres?

Sin embargo, estas preguntas parten de una idea que no siempre se cumple en la práctica: que el conocimiento es completamente neutral y que las personas que lo producen o evalúan no influyen en él. En esta entrada voy a explicar por qué esto no es así. 

Para entender por qué, conviene empezar con un ejemplo.

Durante mucho tiempo, la medicina ha estudiado las enfermedades cardiovasculares tomando como referencia el cuerpo masculino. Esto ha tenido consecuencias importantes: muchas mujeres han recibido diagnósticos tardíos o incorrectos porque sus síntomas no coincidían con los patrones considerados “normales”. La cardióloga Bernardine Healy llamó a este fenómeno el “Síndrome de Yentl”: las mujeres eran tratadas adecuadamente solo cuando sus síntomas se parecían a los de los hombres.

Bernardine Healy

Este caso ilustra una idea importante: cuando un grupo domina la producción de conocimiento, su experiencia tiende a convertirse en la medida de todas las cosas. Y eso puede dejar fuera otras perspectivas relevantes.

A esto es a lo que se refiere la filosofía feminista cuando habla de androcentrismo: la tendencia a tomar el punto de vista masculino como si fuera universal. No se trata de un problema de mala intención individual, sino de algo más estructural: desde hace mucho tiempo, los hombres ocupan la mayoría de las posiciones desde las que se produce y valida el conocimiento.

Este problema no se limita a la medicina. En las ciencias sociales, por ejemplo, durante mucho tiempo se han elaborado teorías sobre la sociedad sin tener en cuenta la experiencia de las mujeres. La socióloga Dorothy E. Smith fue una de las primeras en señalarlo: muchos análisis sociales pretendían ser generales, pero en realidad estaban construidos a partir de una experiencia parcial.

Dorothy E. Smith

¿Qué ocurre cuando se ignoran sistemáticamente ciertas perspectivas? Que el conocimiento que obtenemos es incompleto. No necesariamente falso, pero sí limitado. Y esto no es solo un problema moral —aunque también lo sea—, sino un problema que afecta directamente a la calidad del conocimiento.

A partir de este tipo de críticas surge lo que hoy se conoce como epistemología feminista. No es una teoría única, sino un conjunto de enfoques que comparten una idea básica: la forma en que conocemos está influida por nuestra posición en la sociedad. Dicho de forma sencilla: no todos vemos el mundo de la misma manera, porque no todos ocupamos el mismo lugar en él.

Para entender esto, pensemos en un caso más concreto: el acoso sexual. En muchos contextos, especialmente en entornos laborales o universitarios, las mujeres están más expuestas a este tipo de situaciones que los hombres. Esto hace que puedan desarrollar una mayor sensibilidad para identificar ciertos comportamientos como inapropiados o problemáticos, incluso cuando estos son sutiles o ambiguos. Por el contrario, quienes no han tenido ese tipo de experiencias o se encuentran en el lado de quien produce el acoso, pueden no reconocer esos comportamientos del mismo modo, o incluso restarles importancia.

Esto no tiene que ver con que unas personas sean más racionales que otras, sino con algo más básico: no todas las personas tienen acceso a las mismas experiencias. Y esas diferencias influyen en lo que podemos percibir, interpretar y comprender.

Aquí aparece una idea central en este ámbito: la del conocimiento situado. Con esta expresión se quiere señalar que nuestro conocimiento siempre parte de una posición concreta —social, histórica y cultural—, y que esa posición condiciona, al menos en parte, lo que podemos ver y comprender.

Pero la tesis no se queda ahí. Algunas autoras han defendido algo más fuerte: que, en ciertos casos, ocupar una posición social desfavorecida puede ofrecer una ventaja para comprender determinadas dinámicas sociales.

La filósofa Nancy Hartsock desarrolló esta idea inspirándose, en parte, en la tradición marxista. Su propuesta, conocida como teoría feminista del punto de vista, parte de una observación sencilla: en sociedades marcadas por desigualdades, no todos los grupos tienen las mismas razones para cuestionar cómo funciona el mundo.

Nancy Hartsock

Quienes ocupan posiciones privilegiadas no suelen necesitar cuestionar el orden social, porque este juega a su favor. En cambio, quienes se ven perjudicados por ese orden tienen más motivos para analizarlo críticamente.

Por eso, argumenta Hartsock, las personas que pertenecen a grupos socialmente subordinados pueden estar en una mejor posición para identificar ciertos problemas estructurales que pasan desapercibidos desde posiciones dominantes.

Esto no significa que su perspectiva sea automáticamente correcta, ni que exista un punto de vista “infalible”. Pero sí sugiere que incorporar una mayor diversidad de perspectivas puede mejorar nuestra comprensión del mundo.

Si volvemos ahora a la pregunta inicial —por qué es importante una representación equilibrada en tribunales y comisiones—, podemos empezar a ver la respuesta con más claridad.

Si quienes participan en la evaluación del conocimiento comparten experiencias y perspectivas muy similares, es más probable que ciertos sesgos pasen desapercibidos. En cambio, cuando hay una mayor diversidad, aumentan las posibilidades de detectar esos sesgos y de incorporar enfoques alternativos.

Esto no garantiza decisiones perfectas. Pero sí puede contribuir a que el conocimiento que producimos y validamos sea más completo, más crítico y, en última instancia, mejor.

Por eso, las políticas que buscan una representación equilibrada no deben entenderse solo como una cuestión de justicia o de igualdad formal. También tienen que ver con algo fundamental: cómo mejorar la calidad del conocimiento que producimos como sociedad.

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