Qué es la injusticia epistémica y por qué es importante que la conozcas
El concepto de injusticia epistémica debe ser una de las herramientas filosóficas recientes más importantes. No solo por su capacidad explicativa, sino también por su dimensión práctica. La idea trata de capturar un fenómeno que aglutina dos ámbitos tradicionalmente separados en la literatura: por un lado, el epistémico, relativo al conocimiento; por otro, el ético-político, relativo a la justicia y al bien común. Pero si el conocimiento tiene que ver con la verdad o la justificación y la ética y la política están relacionadas con la justicia y el bien, ¿en qué consistiría una injusticia en el ámbito del conocimiento?
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| Miranda Fricker |
Según Miranda Fricker, quien acuñó el concepto en 2007, estamos ante un caso de injusticia epistémica cuando alguien sufre un agravio en su capacidad como agente de conocimiento. El conocimiento, como toda actividad humana, es algo que se hace: lo generamos, lo transmitimos, lo validamos, lo cuestionamos, etc. Pues la injusticia epistémica consistiría en impedir injustamente que una persona pueda llevar a cabo dichas actividades (¿puede realmente impedírsele a alguien hacer esto de forma justa?). Esto puede suceder de muchas maneras, pero por espacio y por centrarnos en la propuesta de Fricker en esta entrada vamos a centrarnos en uno de los tipos de injusticia epistémica, la “injusticia testimonial”.
La injusticia testimonial sucede cuando una persona no recibe la credibilidad que merece a la hora de prestar testimonio, algo que puede hacerse frente a un tribunal, pero también en el día a día. Después de todo, dar una opinión sobre un tema que está siendo debatido también es compartir información a través del testimonio. Piensa ahora que tu opinión queda desacreditada de forma arbitraria, es decir, no porque sea una opinión poco elaborada o mal argumentada. Podríamos pensar que se trata de una injusticia si, por ejemplo, alguien desacredita tu opinión en el debate diciendo que “tienes demasiada imaginación”. Sin embargo, aunque haya una desacreditación o una disminución de la credibilidad injustificada, esto no sería un caso de injusticia testimonial. Y ello se debe a que la injusticia testimonial es algo más que una mera falta argumentativa (por ejemplo, un ad hominem), que puede suceder de forma incidental o puntual. Además, este ejemplo no captura la idea más importante y característica que vincula la actividad epistémica con la injusticia: la relación del conocimiento con el poder.
En efecto, la injusticia testimonial no se reduce a casos esporádicos en los que alguien “no te trata como debería” como agente de conocimiento, sino que está directamente relacionada con el uso del poder a nivel social. Así, la injusticia epistémica aparece cuando alguien es agraviado en su capacidad como agente de conocimiento, pero no de forma puntual, sino sistemática, debido a su posición social con respecto al poder. Desde esta perspectiva, aquellas personas que ocupan posiciones sociales tradicionalmente oprimidas y marginalizadas serán quienes sufran este tipo de injusticia, como las mujeres, las personas racializadas, las personas con pocos recursos económicos, etc. El carácter sistemático de la injusticia epistémica viene dado porque la injusticia testimonial no se produce de forma aislada, sino porque la injusticia sufrida en el orden epistémico “persigue” a las personas en todos los ámbitos de su vida. Si sufres injusticia epistémica, es bastante probable que sufras injusticias de otro tipo, y que los efectos perniciosos de esta injusticia afecten también a esos otros ámbitos. Para ilustrar este aspecto, vayamos con uno de los casos paradigmáticos que trajo a colación la propia Fricker:
En el guion
cinematográfico de El Talento de Mr. Ripley, de Anthony Minghella,
Herbert Greenleaf recurre a un gesto habitual de menosprecio para acallar a
Marge Sherwood […] “Marge, existe la intuición femenina y luego están los
hechos”. Greenleaf está respondiendo a la sospecha expresada por Marge de que
Tom Ripley […] es en realidad el asesino de Dickie (Fricker 2017: 29).
En el pasaje, Herbert desacredita a Marge invocando un prejuicio identitario contra las mujeres, el cual las concibe como “emocionales”, o “más emocionales que racionales”, o “que se dejan llevar por las emociones”. Este prejuicio, que nos es bien conocido todavía en la actualidad, no solo supone un agravio a una mujer específica como agente de conocimiento, sino que está interconectado con injusticias que sufren las mujeres también en otros ámbitos. Piensa en el ámbito de la salud, por ejemplo, cuando un dolor menstrual excesivo puede esconder una grave afección (como la endometriosis). Si las mujeres son sistemáticamente desacreditadas debido a un prejuicio estructural, es más que probable que a la hora de contar sus síntomas estos sean infravalorados, lo que puede producir un diagnóstico equivocado, perjudicando directamente su salud. También tiene su reflejo en el ámbito jurídico y legal, por ejemplo, cuando una mujer tiene que testificar tras haber denunciado una agresión sexual. En España no son pocos los casos recientes en los que jueces y fiscales han cuestionado el testimonio de mujeres víctimas de agresión sexual. En ambos casos, la credibilidad de la mujer es infravalorada o directamente cuestionada basándose en estereotipos de género: las mujeres “exageran” sus síntomas, en el caso de la endometriosis, o “actúan por despecho”, en el caso de las agresiones sexuales.
No es difícil apreciar la extrema relevancia de este concepto. No solo está en riesgo el tratamiento adecuado y justo que todas las personas merecemos como agentes de conocimiento, sino que el impacto de este fenómeno trasciende la mera discusión filosófica acerca de los derechos y deberes como agentes de conocimiento, como hemos visto, pues involucra efectos prácticos perniciosos que afectan en el día a día. Además, al tratarse de actividades epistémicas tan básicas, como opinar en un debate o decidir qué hacer en cualquier contexto, estamos hablando de situaciones ordinarias en las que todos y todas nos vemos inmersos constantemente. De hecho, por desgracia, lo más probable es que a lo largo de nuestras vidas hayamos sido testigos de alguna situación así, o peor, que hayamos sido nosotros mismos quienes hayamos cometido la injusticia. Esto nos pone en una situación de privilegio a la hora de actuar.
Por tanto, esta entrada viene con deberes: debemos estar pendientes, intervenir cuando suceda y vigilar nuestra propia conducta para evitar hacerlo. Y estos deberes son para todos los públicos: este planteamiento no significa que solo las mujeres puedan sufrir injusticia epistémica y solo los hombres puedan cometerla. Como vimos en entradas anteriores, el hecho de ocupar una posición social privilegiada u oprimida no es excusa para no involucrarse en la mejora de la calidad epistémica de nuestras sociedades.
Obviamente, el concepto original de Fricker tuvo un impacto crucial en la literatura. Desde entonces, ha sufrido numerosas críticas (constructivas) que han traído nuevas formulaciones, ejemplos, y otros tipos de injusticia epistémica además de la testimonial. Esto me recuerda que en esta entrada nos hemos centrado en la injusticia testimonial, pero todavía nos queda pendiente hablar del otro tipo de injusticia epistémica propuesto por Fricker: la injusticia hermenéutica, el cual abordaremos en la próxima entrada.

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